lunes, 3 de noviembre de 2014

Rasgos Psicológicos Dominantes del Mexicano

Si queremos entender al mexicano debemos entender muy bien su historia. México es una gran nación que se fortalece diariamente con el esfuerzo, trabajo y dedicación su gente. Es un país fuertemente influenciado por la religión, mestizaje y por una difícil y lamentable historia. Al hablar de México vienen a la mente sus ríos, cañadas, valles y montañas, sus centros turísticos, sus pueblos y ciudades, que hacen de México el país más hermoso del orbe de la creación. El mexicano es una persona muy peculiar desde lo psicológico y lo social, su personalidad encierra un sin número de interrogantes.
Es la tierra que albergó a los pueblos: mixtecas, zapotecas, toltecas, olmecas, mayas, totonacas, teotihuacanos, chichimecas, mexicas, entre otras culturas establecidas durante el período preclásico mesoamericano.

El mexicano, es creativo, tiene habilidad posee un especial y exclusivo sentido del humor que le permite burlarse de los demás e inclusive, burlarse y reírse de sí mismo. Los mexicanos intentamos elevarnos hasta llegar a algo definitivamente estable que nos libere de la inestabilidad y que nos garantice la plena existencia. Por eso invocamos a Jesucristo y por eso pedimos la intercesión de nuestra Virgen de Guadalupe y de los santos. Cada mexicano en el mundo tiene complejo de ansiedad porque tiene la capacidad de ser santo o pecador, más allá del macho mexicano.

6 rasgos comunes que trazan al mexicano

*caprichoso
*irracional
*hipersensible
*sin plan racional alguno
*naturaleza explosiva
*pasión desmedida.

Los rasgos paranoides (desconfianza) e histérica (manipuladora) son frecuentes en sociedades pobres, incultas y donde el sentimiento de culpa es herramienta común, por desgracia en México existen estos elementos con una intensidad mayor de lo deseable. El mexicano suele ir hacia el extremo límite de todos sus sentimientos, con una seriedad afectiva total. Puede apasionarse por cualquier cosa, de modo súbito e insospechado. Se enciende como un cohete y su intensidad emotiva sube hacia lo alto por largo tiempo. Por un solo minuto de fervor o de menos precio, queda en la gratitud o herido y blindado en su rencor. Digámoslo sin reticencias: el mexicano es ilimitadamente vulnerable.
Es un hipersensible, porque sufre una angustia secreta que roe su aprensivo corazón y lo repliega sobre sí mismo. Como se haya situado en ese mar de incertidumbre que es México, y sitiado por el riesgo de amenazas que no logra localizar, se abisma en la inseguridad al experimentar vivamente su contingencia, y se pone una máscara, de indiferencia, de impasibilidad, de "vale madrismo", si queremos utilizar la expresión popular. Es una disfrazada congoja que reaparece bajo cien más caras diversas.

La pobreza, la enfermedad, el desempleo, la corrupción, la deuda externa son los peligros reales que generan una natural intranquilidad. Pero en vez de combatir los peligros reales; el mexicano adelanta su congoja, se auto-tortura y refleja sobre la circunstancia del desasosiego. Ve precipitarse sobre México los mismos fantasmas que ha forjado su inseguridad paroxística. Presentimientos, turbaciones y fobias le agobian. Afligido y desconcertado, busca una nueva guía de perplejos, cuando no se sabe refugiar en su religión, y se mantiene, entretanto, en su estado dubitativo, irresoluto, sugestionable, introspectivo. Yo diría que el mexicano medio es un introspectivo emotivo, escrupuloso, obsesivo con frecuencia. Lo maravilloso es que su estoicismo, su capacidad de sufrimiento, le impida agotarse en ese combate desigual y abrumador contra gigantes desconocidos. Como el universo de Kafka, el mundo del mexicano es impreciso, ambiguo. Pero ante esa especie de ilimitación hostil el mexicano está dispuesto a no sucumbir. El pavor supremo de su espíritu, y la turbación elemental de su carne, en terrible amalgama, es la prueba más tremenda a que puedan ser sometidas las fuerzas del hombre. Y el mexicano pasa la prueba, la resiste siempre y, a veces, la vence. No encuentro más que una sola explicación para superar esta prueba acuciante, cruel, despiadada: nuestro estoicismo cristiano.

El mexicano tiene temor a lo desconocido y a las decisiones exigidas por la incesante adaptación a una vida incierta y riesgosa, pero este temor está dominado por el estoicismo cristiano. El mexicano actúa por un sentimiento vivo; extinguido este ardor, su acción se agota y se desploma por sí misma. En su impulsividad suele haber una generosidad irreflexiva, arrebatos del corazón, extenuación del sentimiento. Está listo para arriesgarlo todo, hasta su vida. Pero muestra cierta incapacidad de sacrificar lo más cercano a lo más remoto. De ahí nuestro bajo coeficiente de puntualidad.

Aunque el mexicano es sumamente cortés-cortesía suave, no puede contener por entero al fuego, que arde en él. Impaciente ante el obstáculo de la circunstancia y la contradicción verbal, pronta a la injuria y prolongada en el rencor,  propensa a cóleras breves y virulentas a gestos atropellados e impetuosos, a risas nerviosas y sarcásticas y al fanatismo político, cuando logra sacudir su apatía. En el registro de la hipérbole y de la explosión, el mexicano dispone de un nutrido repertorio. La educación modera los raptos de frenesí, pero no suprime alguna válvula de escape.

El mexicano es especialmente sensible a la presencia de los extraños. Susceptible a toda incitación, expuesto ante la mirada de los otros, tiene un agudo sentido del ridículo y se integra en el gran contingente de los tímidos. Busca calor cordial con los circunstantes, comunión y entre fácilmente en ella, porque no le gusta la soledad. Por eso, abunda el compadrazgo y el comadreo. El compadre y la comadre son vínculo de cohesión, medio de identificación colectiva. Gusta seducir a los que se encuentran en acorde consonante con su cosmovisión, mientras desecha sutil, o enérgicamente, a quienes muestran una disonancia.

Entre su generosidad innata y su egocentrismo hiperemotivo se establece una tensión bipolar, contra puntual. Se entrega con vehemencia, se ofusca en su pasión, exagera y miente en la estrechez emocional del campo de su conciencia. Por ser sensible, es artista, hacedor de realidades más expresivas más conmovedoras o engalanadas.

La emotividad no eroga al mexicano ningún empobrecimiento intelectual. Cierto que las conmociones sentimentales reiteradas pueden disgregar con sus embates a las síntesis mentales a la objetividad a la atención concentrada. El mexicano abandona completamente lo que no le interesa-las matemáticas o la observación científica por ejemplo-y considera con displicencia los aspectos que le son indiferentes o de sagradables. Pero cuando logra romper el bloqueo mental, Son notables las dotes del mexicano para la inteligencia intuitiva y la imaginación concreta. En todas aquellas operaciones que existe más penetración que amplitud, el mexicano destaca sobre los demás. Las resonancias de su choque afectivo son propicias a la vida artística y a la tragedia.

La fantasía del mexicano es riesgosa, la vieja norma de la sensatez debe ser impuesta, desde hoy temprano, en este pueblo emotivo. De otra suerte caeremos en la tiranía de la enervación, en la inconstancia y en la susceptibilidad exagerada. Cuando la educación no robustezca al escepticismo, surgirán en México las cualidades más aptas para abrir el corazón a la caridad.

Las ramas maestras del árbol caracterológico mexicano se insertan en la raíz emotiva. La realidad, la cruda realidad cerca de frente al mexicano, es muy difícil la lectura de los sentimientos reales del mexicano. En su mirada taciturna puede arder una llama de un fuego interior que le consume sin exteriorizarse. Desde niño aprende a refrenar sus sentimientos ¡los hombres no lloran!, le dice, en tono severo el padre. Como buen introvertido, el mexicano lleva la marca del predominio de la vida subjetiva. Encarcela a su emoción, y ahí en el cautiverio, la discurre, la saborea, la recapitula la matiza y la madura. Nada se trasluce por el momento. Pero la tensión inestable puede estallar en el momento en que menos se piensa.

Carácter meditativo, reservado, vacilante no se entrega fácilmente a los abandonos espontáneos al examen de los otros. Su acción se contiene por cierto temor a los objetos. Su observación desafiante le retrae y le demora. Gestos quebrados, bruscos, refrenados, con un coeficiente de ironía dejan ver su timidez y su introversión. Confía en sí mismo, pero es irresoluto en la acción. Posee mayor comprensión y hondura intelectual que el extrovertido, pero menor capacidad de adaptación y de modificación a las circunstancias. Cuando abre el cerrojo a su soledad puede tomarse, cáustico y amargo, rígido y confiado. Enfrascado en sí mismo, es natural que tienda al secreto y al aislamiento. Se forma ilusiones porque el mundo exterior lo conforma -o lo deforma-a la medida de sus deseos. Propios y extraños se dan cuenta de que su cólera agresiva y vengadora estalla periódicamente al menor pretexto inmediato. Intuitivo, soñador, artista, el mexicano tiene una fina disposición para el sentido de lo íntimo. Su sentimiento profundo de inseguridad se traduce en timidez. El exceso de emotividad del mexicano se siente vulnerado por la menor imposición del mundo, de su dolorosa sensibilidad provienen sus crispaciones herméticas y sus quiméricos ensueños compensatorios.

La lucha contra el obstáculo, es lucha por la realidad. Y esa lucha por la realidad no debe faltar nunca en el mexicano, aunque sea emotivo e introvertido. Los refugios imaginarios, los universos de deserción,, las fábulas de la frustración y la mentira mitomaniaca son tentaciones permanentes que el mexicano debe superar en la disciplina de lo concreto, en la educación motora, en la formación social y en la imaginación artística. Lo real y lo imaginario colaboran en la percepción misma de México. El principio de la edificación interior del mexicano consiste en reconocer las propias tareas y deficiencias, tratar de vencerlas y emprender la ardua y fervorosa labor de ser nosotros mismos, en lo que tenemos de mejor, confiados en la capacidad de perfeccionamiento y en la valiosa porción de dotes que el pueblo mexicano ha mostrado, como constantes, a lo largo de su historia. Nuestro paso por la tierra, como mexicanos, requiere probidad, respeto de sí mismo, fidelidad al estilo y lealtad a la vocación individual y colectiva.

El fatalismo es común en algunos ciudadanos mexicanos. Hay quienes se agobian creyendo que sus problemas ya no tienen solución. La represión es un manifiesto de inseguridad o desconocimiento del futuro. Por lo regular el mexicano opta por utilizar máscaras con las cuales oculta muchas veces sus temores

Si el mexicano ama las fiestas, como acaso ningún otro pueblo en el mundo, es porque en el fondo la soledad no le hace feliz. Yo diría que sufre la soledad para evitar la vejación mayor y para no perder su autenticidad. ¿Es México un país triste? El México mestizo de nuestros días es un México en el que prepondera el color, la alegría de la fiesta, el goce de una naturaleza que se adentra en las casas y en el alma de nuestro pueblo humilde. Claro está que no deja de haber lamento ante la desgracia, sufrimiento ante la enfermedad y espera de la muerte y ahora en especial por la impotencia ante malos gobiernos y gobernantes que dan cabida al crimen organizado, la extorción, desapariciones forzadas, muertes y desempleo. Nuestras calaveras risueñas, festivas,  acusan un amor por la vida y un humor de la muerte que no encontramos en otra parte del planeta. No es verdad que para el mexicano moderno la muerte carezca de significación. Tampoco es cierto que la indiferencia del mexicano ante la muerte se nutra de su indiferencia ante la vida. El mexicano, como creyente, postula la trascendencia del morir. Su contacto directo, con la enfermedad, con el hospital, con la cárcel, con las arbitrariedades del cacique, le hacen considerar a esta vida como una menos-vida y le mueven a la espera de una verdadera vida que por nacimiento humano no posee. Si somos un pueblo ritual, sensible y despierto, no podemos ser un pueblo de solitarios. La soledad de un poeta no configura la soledad de un pueblo. Observamos nuestras fiestas civiles y nuestras fiestas religiosas. Danzas, ceremonias, fuegos de artificio, trajes insólitos de colores violentos-para que se vean, plazas y mercados pletóricos de compradores y de simples paseantes, calendario pablado de días de asueto para celebrar. Celebramos en nuestras ciudades y pueblos, con unión y periodicidad el día del santo patrón. Los barrios se engalanan con sus festejos religiosos y las ferias dejan oír mariachis, cohetes, silbidos, canciones rancheras y balazos al aire. Si México fuese un país de solitarios. México no estaría en fiesta permanente. El pueblo mexicano no está caracterizado por su aislamiento nefasto -herida ulcerada- sino por aquella soledad bendita que se abre ante quien nos llama.

Canciones, refranes, dichos, dicharachos, fiestas, ponen de manifiesto que el mexicano está curado de espanto no se quema los labios al pronunciar la palabra muerte. Al final de cuentas no está la soledad, sino la esperanza, la esperanza en una vida ultra-terrena. La esperanza en una justicia perfecta que no ha visto en su paso por su tierra, la esperanza en una misericordia que le acoja para siempre. Por la esperanza, el mexicano trasciende su soledad y vive en invisible comunión. Quizás el mexicano no oscile entre la entrega o la reserva, entre el grito o el silencio, entre la fiesta o el velorio, pero eso no significa que no se entregue cuando ama y que no sepa ser amigo. La impasibilidad del mexicano tiene un sentido final trascendente, más allá de la máscara y del fracaso intramundano. La impasibilidad del mexicano no está cerrada al mundo, pero le sirve de escudo. No nacemos condenados a una soledad que nos hace vivir nuestra propia muerte, sino avocados a una compañía que pregustamos en nuestro estado de itinerantes. La impasibilidad del mexicano es su defensa ante un mundo hostil.

La exuberancia de las palabras malditas en México es verdaderamente notable. Y todo ese léxico y todo ese colorido de fiestas y de cultos a los santos patronos, y toda esa sensibilidad ante la vida y ante la muerte se asumen con una personalidad diferente, que no es indígena ni española, sino mestiza. El español no sólo vino a explotar y a robar al indígena, sino a dejar su sangre y su vida, a legarnos religión católica, lengua castellana, cultura hispánica, injertada en tierras del antiguo México aunque haya sido a base de golpes y sufrimiento. Color, sabor, porte, estilo con algo que se fragua en la historia y se define día a día. Desertamos de las leyes naturales, porque somos animales culturales, pero traemos en nuestro ser el grito de la sangre y el grito de la tierra.

El mexicano vive instalado sobre una plataforma de sus creencias religiosas que no son meros automatismos. Todo lo que ha sido México en la historia está presente, de alguna manera, en el México actual. Cuando hemos vencido la adversidad descansamos. Pero el descanso es sólo paréntesis y punto de partida para enfrentarse a una nueva adversidad.

Exhibimos abundancia de sociabilidad, porque somos hombres de ágora y no de reclusión solitaria. Decir que "la Fiesta es un regreso a un estado remoto e indiferenciado, prenatal o presocial", como lo dice Octavio Paz, es caer en típica afirmación gratuita. En la fiesta late un anhelo de convivencia, de comunión -lógrese o no, realícese de manera satisfactoria o de modo insatisfactorio pero nunca un país de personas nihilistas.

El mexicano, cuando está bien dispuesto, es uno de los tipos humanos con mayor capacidad de empatía, de introyección, sabemos también escuchar y dialogar. No necesitamos romper con nosotros mismos para expresarnos, sólo requerimos ser sinceros. La fiesta, el juego, la parranda pueden abrir el pecho del mexicano y mostrar dramas terribles de su intimidad. El mexicano no suele ser franco por inseguro, pero su sinceridad puede llegar a extremos que sorprenderían a un europeo o a un norteamericano. Nos calamos una máscara de impasibilidad o nos desnudamos en forma explosiva, casi suicida. Pueden venir eras de silencio, de sequía y de piedra; pero no vacío de la imagen, del yo para convertirse en espera de nada.

El mexicano se resiente por el trato diario, por la humillación continua, por la situación injusta. Es difícil desenterarse de una ofensa continua. No se trata de injurias de palabras que se puedan contestar con palabras. Tampoco se trata del perdón de un acto. Tratase de cobrar cuentas pendientes que van aumentando con el tiempo. La Independencia y la Revolución pueden tener aspectos de venganza pero no alcanzan a curar por completo el estado de resentimiento.

El mexicano no se siente inferior a ningún otro pueblo de la Tierra, no tolera que los extranjeros le hagan ver, sus errores y se resiste a reconocer su yerro. Nos vengamos no por un sentimiento de inferioridad respecto a Europa, sino porque nos sentimos injuriados constantemente, en nuestra dignidad personal, por los poderosos políticos o por los poderosos patrones. La injuria que genera el resentimiento puede ser real o supuesta. El sentimiento de injusticia -individual o social- hace fermentar la levadura del disgusto de la reprobación y finalmente, del resentimiento. La colonia, el Porfiriato y la posición hegemónica del partido en el gobierno producen un resentimiento colectivo y una pasión por la igualdad de oportunidades que no existe aún, después de la Revolución. El disimulo no alcanza siempre a ocultar la rabia recóndita. Ante los extranjeros estamos orgullosos de ser mexicanos pero ante nosotros mismos nos auto-denigramos sin piedad y sin cuartel. Todo lo mexicano está mal hecho “de puertas adentro”. Y "como México no hay dos" -de puertas afuera.

Al mexicano le gusta su cultura-música. Filosofía literatura, arquitectura, pintura, artesanías- pero no le gusta su vida socio-política. El psicoanálisis permite descubrir en el alma de México fuerzas oscuras que se disfrazan de aspiraciones hacia fines elevados que, en realidad, desean rebajar a los individuos. Se resaltan paradigmas falsos lo cual provoca en ocasiones la imitación de muchos a conductas extranjeras, olvidando poco a poco las costumbres y modos de vida autóctona. Culpamos a los otros y evitamos confesar nuestra parte de responsabilidad en los desbarajustes nacionales. El resentimiento es propio de los dominados que cultivan su venenosidad interna, que sepultan en su interior la repulsión y la hostilidad. La susceptibilidad exagerada del mexicano provoca su sed de venganza. El orgullo personal aunado a la posición social inferior son la dinamita psíquica del mexicano para urdir la explosión de venganza. La igualdad ante la ley proclamada por la Constitución de 1917, coexiste con diferencias notabilísimas en el poder efectivo de los grupos, en la riqueza de unos cuantos, en la educación de los menos. En los discursos políticos y en los textos legales se le dice al mexicano que tiene "derecho" a compararse con cualquiera. Pero el mexicano medio, el mexicano común y corriente sabe que no puede compararse de hecho, que la estructura social está en su contra.

Estamos llenos de políticos corruptos e ineptos que se aprovechan de la nobleza y necesidad de un pueblos, son aduladores los hay en todas partes del mundo, pero solo en México se les conoce con el nombre de "lambiscones" (Un desprecio sufrido en su vida anterior le mueve a comprar favores al precio de la indignidad).  Inútil buscar el vocablo en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. No existe. Lo ha creado el pueblo mexicano como un vulgarismo, derivado del adjetivo lambuzco, ¿Qué significa lambiscón, para un mexicano? Un parásito social que prospera o trata de prosperar a la sombra de los poderosos y que posee además la rara habilidad de cambiar de color -como los camaleones-según convenga a sus intereses. Hay "lambiscones" inteligentes y hay "lambiscones" torpes. El común denominador es la sonrisa hipócrita, la aprobación irrestricta -de dientes para afuera- de todo cuanto dice o hace el adulado, el aplauso atronador a tiempo o a destiempo. Pero México no es un país solamente de lambiscones, madrugadores, picapedreros, y pistoleros.

El miedo colectivo que flota en el ambiente desaparecerá únicamente cuando exista una verdadera democracia que nos conceda a todos, justicia, seguridad, igualdad esencial de oportunidades y desarrollo integral.

Una abrumadora mayoría del pueblo mexicano repudia a estos parásitos sociales con toda su carga tóxica. El pueblo mexicano está cansado del abuso, aunque hasta ahora haya hecho poco para corregirlo. La inquietud de renovación, el talante sensible a la nobleza, la cortesía y la tolerancia, la amistad y la hospitalidad del pueblo mexicano arrojan un saldo positivo que está muy por encima de los números rojos que representan los personajes indignos que hemos descrito, que pueden tener muchas explicaciones, pero ninguna justificación. El mexicano no es una persona floja, lo cierto es que hay insatisfacción en su labor, hay más necesidad que motivación.

Pero eso no es México sino el aspecto negativo de México. Porque ustedes, lectores y yo, nos afiliamos abiertamente en la causa de la vocación de México al cultivo de los grandes valores del espíritu y del estilo colectivo de vida capaz de elevar al mexicano al sitio que le corresponde, Un destino elevado y honroso que está en marcha, a lomos de nuestro estoicismo cristiano, con el escudo de nuestra dignidad indo-española, con la lanza de nuestra finura mental. Nuestras glorias comunes en el pasado, nuestra voluntad común de ser mexicanos en época de crisis, nuestro programa de ser fieles a nuestra vocación y a nuestro estilo, son nuestra mejor capital social. Sentirnos orgullosos de nosotros mismos y de pertenecer a este país es un derecho natural que sin embargo es necesario  re-conquistar.

Este es el yo del mexicano, un mexicano con identidad definida que fomenta aún el machismo. Es el mexicano que se enorgullece de sus antepasados, es también ese mexicano que juega, canta, grita, baila y ríe como sufre y cae pero siempre se levanta. 

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