lunes, 25 de mayo de 2015

Perfil de Jeffrey Dahmer "El Carnicero de Milwaukee"

Advierto de la extrema dureza de algunas de las declaraciones que pueden leerse en este artículo, sino está seguro, pulse el botón de atrás de su navegador, ya que puede “herir susceptibilidades”.

Jeffrey fue un asesino en serie responsable por la muerte de 17 hombres entre 1978 y 1991. Es conocido no sólo por la cantidad de personas que asesinó, sino también por practicar la necrofilia y el canibalismo. Le gustaba desmembrar el cuerpo de sus víctimas y conservaba sobre todo los torsos (por los que sentía adoración) y las cabezas. A algunas de sus víctimas les realizó perforaciones en el cráneo para inyectarles ácido en el cerebro.
Biografía

En su infancia sufrió las constantes peleas de sus padres, Lionel Dahmer y Joyce Flint, algo que lo marcó de por vida.

Tras reiteradas mudanzas, en 1967 la familia compra una casa en Bath, Ohio, donde Jeffrey pasa el resto de su infancia y adolescencia. Cuando iba de pesca con su padre le gustaba abrir en canal a los peces y ver como morían. Con 10 años empezó a torturar a todo tipo de animales que cazaba en el bosque cercano a su casa. Una vez muertos coleccionaba sus huesos. Tenía en formol varios tipos de insectos.

Dahmer comenzó a ser cada vez más introvertido, aunque realizaba algunas actividades en la secundaria, como trabajar en el periódico y jugar al tenis, era considerado por sus compañeros como alguien "raro", extravagante y que tenía problemas con el alcohol y la marihuana. Antes de cumplir 18 años sus padres se divorcian, y su padre vuelve a casarse meses después. Su padre y su nueva esposa lo convencen para ir a la universidad, y en otoño de 1978 ingresa en la Ohio State University, pero debido a sus problemas de alcohol la abandona en el siguiente semestre.

En 1979 su padre lo convence para entrar al ejército y es enviado a Alemania, en donde permanece pocos años hasta que es dado de baja por su alcoholismo. Luego de vivir un tiempo en Florida, vuelve a su casa en Ohio.

El 25 de septiembre de 1988 se mudó a un departamento en Milwaukee. Al otro día le ofreció 50 dólares a un chico laosiano de 13 años para posar para unas fotografías, pero lo drogó y abusó de él. Los padres realizaron la denuncia y el 30 de enero de 1989 fue encontrado culpable, pero sólo permaneció en la cárcel 10 meses antes de ser liberado.

El 22 de julio de 1991 fue arrestado en su casa por dos policías. Fue enjuiciado el 22 de febrero de 1992, el jurado no aceptó la supuesta demencia de Dahmer y lo condenó a 957 años en prisión.

Los psiquiatras que lo atendieron le dijeron que estaba enfermo, por lo que se declaró culpable con atenuante de enajenación mental, para ser condenado a una cárcel especial para enfermos mentales, pero el atenuante fue finalmente rechazado. En principio se había declarado inocente, pero cambió su declaración por la gran cantidad de pruebas encontradas en su contra.

Fue enviado al Columbia Correctional Institute en Portage, donde para su seguridad no tenía contacto con los presos comunes. Pero pidió a las autoridades tener más contacto con los otros presos, por lo que comenzó a comer con ellos y a realizar algunas tareas de limpieza. 

El 28 de noviembre de 1994 realiza tareas de limpieza con Christopher Scarver, un esquizofrénico de raza negra y Jesse Anderson, que había asesinado a su esposa y culpado a un hombre negro. Dahmer era acusado de tener motivos raciales en sus homicidios, algo que él desmentía. La combinación de presos era muy peligrosa, los guardias encontraron a Dahmer muerto y a Anderson mortalmente herido.

Los médicos extrajeron el cerebro de Jeffrey para estudiarlo, meses después los padres apelaron por la posición del cerebro. Llegando incluso a enfrentarse a tribunales. La madre deseaba venderlo a un instituto de investigación mental y su padre sólo deseaba enterrarlo lejos de todo el mundo.  

Crímenes

En junio de 1978, cuando tenía 18 años, encontró a Steven Hicks haciendo autoestop, y lo llevó a su casa. Dahmer era homosexual y tenía la fantasía de recoger a un autoestopista y acostarse con él. Una vez en su casa, se dio cuenta de que Hicks no era homosexual, y cuando éste quiso irse, Dahmer no pudo soportarlo y lo golpeó en la cabeza para luego estrangularlo con una pesa. Luego lo desmembró y lo puso en bolsas de plástico, y las metió en su coche con intención de tirarlas por un barranco. A medio camino la policía lo detuvo por conducir demasiado a la izquierda. Le preguntaron por las bolsas que llevaba en el asiento trasero y Dahmer contestó que era basura. Le creyeron  y como pasó el test de alcoholemia, le pusieron una multa por conducir fuera de su carril y le dejaron ir. Volvió a su casa con los restos del cadáver y los escondió en una tubería de su casa. Luego de abandonar la universidad y volver del ejército desenterró los restos, destruyó los huesos y los esparció en la maleza.

Tras su primer asesinato se sintió culpable y asustado, intentó reprimir sus deseos sexuales-homicidas acudiendo a la iglesia, dejando el alcohol y manteniéndose en estado de celibato. Vivió así un tiempo, lo que explica que pasaran casi diez años hasta su siguiente crimen. Pero con el tiempo pensó que podía intentar satisfacer algunos de sus deseos sin hacerle daño a nadie, volvió a beber y empezó a frecuentar lugares de ambiente gay.

En 1986 fue detenido por exhibicionismo público, poco antes había querido desenterrar a un joven muerto hacía unos días, para disfrutar de su cuerpo.

En septiembre de 1987, conoció a Steven Toumi en un bar gay. Allí bebieron mucho y fueron a su habitación de hotel. Dahmer no recuerda cómo lo asesinó, sólo que cuando despertó a la mañana descubrió que estaba muerto. Para deshacerse del cadáver, compró una maleta, en la que lo metió, y lo llevó al sótano de la casa de su abuela. Allí tuvo sexo con el cadáver, lo desmembró y lo tiró a la basura. Se quedó con la cabeza, a la cual hirvió y blanqueo, para después exponerla como trofeo en su habitación.

Algunos meses después conoció a su próxima víctima, Jamie Doxtator. Era un joven de catorce años que rondaba las puertas de los bares para homosexuales en busca de alguien para tener relaciones. De esta forma también conoció a Richard Guerrero en marzo de 1988.

Mientras era procesado por abuso de menores en 1989, Dahmer conoció a Anthony Sears en un bar. Le ofreció dinero para sacarle unas fotografías y lo llevó a la casa de su abuela donde lo estranguló, tuvo sexo con su cadáver y lo desmembró. Él quería que sus amantes se quedaran en la casa y ante la negativa de éstos los mataba.

Luego de cumplir su condena por abuso y de mudarse a su departamento en Milwaukee, Dahmer asesinó doce personas más hasta julio de 1991.

Su táctica era siempre similar, los invitaba a ver pornografía o a sacarse unas fotos, les ponía una droga en la bebida, los estrangulaba y tenía sexo y se masturbaba encima del cuerpo. Luego tomaba fotografías del cuerpo y de cada etapa del desmembramiento. Solía utilizar ácidos para deshacer la carne y los huesos, pero solía conservar la cabeza y los genitales como trofeo. Otra de su característica era comerse a parte de sus víctimas, le daba la sensación de que empezaban a formar parte de él.

En mayo de 1991, llevó a Konerak Sinthasomphone, hermano del joven por el que fue procesado por abuso, a su departamento. Allí lo drogó y le realizó unas trepanaciones en el cráneo para inyectarle ácido en el cerebro. Dahmer quería tener control sobre sus víctimas, y su intención al realizar las trepanaciones era convertirlos en una especie de "zombies". El joven consiguió escapar cuando Dahmer salió a tomarse una cerveza a un bar, y al correr desnudo por las calles los vecinos alertaron a la policía. Cuando se dio cuenta de que se había escapado, lo persiguió, y tuvo que enfrentarse a la policía y a una multitud de curiosos. El muchacho no podía hablar porque estaba aturdido por el ácido que Dahmer le había inyectado. Dahmer argumentó que el joven era su amante de 19 años que estaba alcoholizado. Los policías los acompañaron hasta el departamento y creyeron su historia. Si hubiesen revisado el apartamento habrían encontrado un cadáver en una de las habitaciones, además de miles de pruebas de otros asesinatos. Sinthasomphone fue estrangulado ese día. La policía creyó a Jeffrey y depositaron al moribundo joven en una silla. Ni siquiera registraron ni vieron el santuario macabro que tenía en la casa y salieron corriendo ante el hedor que desprendía el interior. Posteriormente dijo que se aficionó a crear un zombie porque quería un amante silencioso, que hiciera todo lo que él le pedía y que se quedara haciéndole compañía.

El 22 de julio de 1991, Tracy Edwards, su última víctima, consiguió escapar esposado. La policía lo vio y esta vez decidieron investigar. Fueron al apartamento del hombre que lo había esposado y al revisar la habitación descubren varias fotografías de cadáveres, restos humanos y una cabeza en el congelador. Dahmer intentó huir, pero fue detenido. Edwards además fue identificado al salir a explicar su caso en televisión como acusado de una violación a una chica poco tiempo antes.

En su casa se encontraron las paredes llenas de sangre, cuerpos mutilados, siete cráneos y demás huesos. Días después vecinos de Dahmer dispararon a las puertas de su casa ante el horror que causó sus crímenes. Al principio Dahmer  intento negar sus crímenes  pero el cúmulo de pruebas encontradas le hizo cambiar de ideas y facilito una detallada descripción de los asesinatos. No solo confeso los crímenes sino también una series de prácticas que incluían necrofilia, canibalismo y prolongadas torturas como preludio a los asesinatos.

El juicio comenzó el 27 de enero de 1992. Desde principio quedo claro que lo impulsaba un trastorno mental, a pesar  que siempre quiso disimularlo.

Los medios hicieron del juicio un verdadero circo, bautizaron a Jeffrey como “el carnicero de Milwaukee”. Una legión de fans comenzó a elaborar pinturas con su rostro, cómics, camisetas, caricaturas y hasta canciones dedicadas al asesino. Revista, periódicos y noticieros lo lanzaron al estrellato, empezó a recibir cartas de fans y muchos seguidores lo convirtieron en su ídolo sangriento.

Todos los presentes del juicio pudieron darse cuenta como sus compulsiones y fantasías se habían apoderado de su mente llevando a cometer asesinatos tras asesinatos.  

A demás de inspirar ensayos, poemas, escritos, pinturas, discos, documentales, película e imitadores, Dahmer termino siendo conocido no solo por la cantidad de personas que asesino, sino por las prácticas de canibalismo y necrofilia y por su manía de efectuar perforaciones en el cráneo para inyectar agua hirviendo o ácido en el cerebro. Por su gusto en desmembrar  el cuerpo de sus víctimas y conservar sobre todo los torsos (por lo que sentía adoración) y las cabezas, lo catapulto a la fama de los asesinos seriales.

domingo, 24 de mayo de 2015

Conducta Agresiva Infantil: Tratamiento, Pautas y Guía

La agresividad infantil se ha definido en términos de conducta manifiesta del niño que implica destrucción, daño físico a otros, a él mismo, o a propiedades. Entraña agresión física, amenazas verbales de agresión, arrebatos explosivos de destrucción de propiedad y auto-daño en el contexto de frustración o estimulación aversiva.
El tratamiento de la conducta agresiva en un niño, en los casos que sea persistente su conducta agresiva, debe estar sometido a un profesional especializado.

1.- Diagnóstico preciso y evaluación eficiente de la conducta agresiva. A través de una buena historia clínica, es importante realizar una etiología conductual de la conducta agresiva, y una definición operativa de la misma. Con el diagnóstico preciso se planifica el tratamiento a seguir.
2.- Terapia cognitiva-conductual Infantil. Orientada específicamente hacia la conducta problema y su tratamiento, aplicando técnicas de modificación cognitivo-conductual.
3.- Terapia Familiar. Durante este proceso, el terapeuta evaluará a la familia
4.- Entrenamiento a los padres. Se procede a entrenar a los padres como generadores de conductas en sus hijos, en técnicas de aplicación de castigos, reforzamiento, modelamiento etc.

Identificada como un ingrediente común a los problemas de conducta y las conductas antisociales, la conducta agresiva representa uno de los problemas más frecuentes de salud mental en los niños. Conductas como pegar a otros, ofenderlos, burlarse de ellos, tener rabietas o usar palabras inadecuadas para llamar a los demás forman parte de la agresividad infantil. Cuando algunos niños persisten en su conducta agresiva y son incapaces de controlar su fuerte genio, pueden sentirse frustrados causando sufrimiento y el rechazo de los demás.

Aproximadamente oscila entre un 30% y un 50% de todos los problemas clínicos que se refieren a consulta. En México, si bien no se cuenta, al parecer, con datos concretos sobre su prevalencia en la población infantil, se han documentado algunas manifestaciones asociadas con ésta, como son la inquietud 19%, la irritabilidad 17%, el nerviosismo 16%, el déficit de atención 14%, la desobediencia 13%, la explosividad 11% y la conducta dependiente 9%.

La psicopatología, al igual que la conducta normal, se desarrolla a partir de las experiencias vitales del individuo. Si no se trata oportunamente, por ser un problema con inicio en la infancia, no sólo tiende a persistir en la edad adulta, sino que se exacerba con el paso del tiempo. Es precursora la conducta agresiva, en gran medida, de comportamientos antisociales a corto y mediano plazos, tales como la criminalidad y la delincuencia, el abuso de sustancias y las relaciones sexuales tempranas. Además, repercute sobre otros desenlaces como el fracaso escolar y el rechazo de los compañeros. Las repercusiones de la conducta agresiva se asocian con la pérdida de productividad y la necesidad de intervenciones continuas a corto y largo plazos. Consecuencias que tienden a agotar los recursos de la comunidad, como son los servicios de salud, la educación y los sistemas de justicia.

En algunos casos esta agresividad infantil puede tener origen en una dificultad de manejar sus impulsos internos. La frustración facilita la agresión. Pero en la mayoría de los casos la agresividad infantil es el reflejo de sentimientos y sensaciones que el niño no sabe y no puede manejar que le llegan desde el exterior. Es ahí que se le considera incluso una reacción de emergencia.

Los factores orgánicos tipo hormonal, mecanismos cerebrales, estados de mala nutrición, problemas de salud, etc., también influyen en el comportamiento agresivo. Y dentro del factor social, el niño que no tiene estrategias verbales para afrontar las situaciones difíciles, será fácilmente conducido a la agresión.

Es alta la probabilidad de que un niño impulsivo, con un control emocional precario, se exponga a experiencias de castigo y coerción por parte de sus padres. Cuando los padres recurren al castigo físico o a otras formas de coerción psicológica, como recurso para disciplinar a sus hijos, lejos de resolver el problema, lo exacerban. 

El hecho de que los padres contribuyan de diversas formas a la agresividad de sus hijos ha sugerido la necesidad de diseñar intervenciones, tanto preventivas como terapéuticas, dirigidas a los padres o cuidadores principales mediante la modificación de sus prácticas disciplinarias. Por lo tanto, la prevención y el tratamiento de la agresividad infantil se han beneficiado también de la investigación sobre técnicas conductuales diseñadas para alterar las transacciones padres–hijo en el hogar. Por otro lado, los resultados de las diversas investigaciones en este campo tampoco apoyan suficientemente el tratar sólo a los niños. Coinciden,  en que la estrategia más exitosa es la combinación del tratamiento a los niños en solución de problemas y formación de habilidades, por un lado, y el manejo conductual del niño mediante el entrenamiento de sus padres, por el otro. Hallaron que la intervención conductual por parte de los padres combinada con el tratamiento en solución de problemas a los niños es más eficaz que el tratamiento dirigido sólo a los niños y el entrenamiento sólo a los padres. Aunque cada uno de éstos produce cambios importantes, la combinación de ambos es más eficaz.

Los padres que no ponen límites y seden a todas las exigencias del niño no le ayudan a formar un mecanismo que le permita lidiar con la frustración, lo que hace que cuando el niño no logra satisfacer alguna de sus demandas al presentarse la sensación de frustración reaccionen con agresividad.
Así también, los padres con actitud hostil, sin demostraciones de afecto, con una disciplina estricta y rígida, que con frecuencia recurren al castigo físico o al chantaje emocional y a la reprimenda con insultos, forman niños que no sepan lidiar con la frustración y reaccionen con agresividad.

Otros estudios sugieren que además del castigo por los padres, un factor de riesgo importante, responsable del desarrollo de la agresividad en los hijos, es el manejo ineficaz de su comportamiento, caracterizado por esfuerzos fallidos, inconsistentes y erráticos para disciplinarlos.

Pautas sobre cómo solucionar el problema

1.- Identificar el tipo de conducta, es decir, qué es lo que nuestro hijo está haciendo exactamente. Hay que ser objetivos y específicos en la respuesta. Si el niño patalea, grita, o de qué forma expresa su agresividad.
2.- Apuntar diariamente en una tabla, y durante una semana, cuantas veces el niño aplica la conducta de agresividad. Anotar qué es lo que provocó el comportamiento. Con lo cual será necesario registrar los porqués y las respuestas. Apuntar también en qué momentos los ataques agresivos es más frecuentes.
3.- Elegir dos objetivos para modificar la conducta: debilitar la conducta agresiva y reforzar respuestas alternativas deseables existentes en el repertorio de conductas del niño o en la enseñanza de habilidades sociales. Ejemplos:
- Existen algunas condiciones que proporcionan al niño consecuencias gratificantes para su conducta agresiva. Por ejemplo, si en el patio del colegio, no estando el cuidador, el niño sabe que pegando a sus compañeros, éstos le cederán lo que él quiera, habrá que poner a alguien que controle el juego hasta que ya no sea necesario.
- Reducir el contacto del niño con los modelos agresivos. Muéstrele a su hijo otras vías para solucionar los conflictos cómo el diálogo, el razonamiento, el establecimiento de normas, etc. Si los niños ven que los mayores tratan de resolver los problemas con tranquilidad, podrán imitar esta forma de actuar.
- Los padres deben reducir los estímulos que provocan la conducta. Enseñar al niño a permanecer en calma ante una provocación.
- Recompense a su hijo cuando éste lleve a cabo un juego cooperativo y asertivo.
4.- Cuando esté determinado el procedimiento que utilizará, poner en práctica el plan. Debe continuar registrando la frecuencia con que su hijo emite la conducta agresiva para así comprobar si el procedimiento utilizado está siendo o no efectivo. Informar del plan elegido a todos los adultos que formen parte del entorno social del niño. Mantenga una actitud relajada y positiva y notarás los progresos. Al final, todos se sentirán mejor.

Guía para padres y maestros
  • Ningún niño se porta siempre mal. Sorprenda al niño o niña portándose bien, póngale atención y alabe los comportamientos positivos del niño. Proporcione oportunidades adicionales para que el niño actúe de manera apropiada y deles opiniones positivas sobre su comportamiento. No ponga atención sólo al comportamiento inapropiado y agresivo del niño o niña. Si lo hace, él o ella puede usarlo como una manera de atraer su atención.
  • Respeto. Dígale siempre a su niño o niña que siente cariño y respeto por él o ella. Recuérdele que lo que no le gusta son los comportamientos (y no el niño o niña) poco apropiados.
  • No ignore los comportamientos. A pesar de que ignorar comportamientos menores poco apropiados (gemir, quejarse) puede ser una manera efectiva de disminuir esos comportamientos, no ignore agresiones mayores.
  • Sea positivo. Mantenga la calma y dé el ejemplo para resolver problemas de manera positiva. No se enoje en respuesta al enojo de su niño o niña.
  • No racionalice. No trate de racionalizar con el niño o niña sobre el comportamiento agresivo o las razones por las que está anunciando las consecuencias; evite una lucha por el poder.
  • Contratos de comportamiento. Establezca un contrato de comportamiento con el niño o niña para ayudarlo a tomar control de su conducta. El contrato debe enumerar comportamientos meta positivos que se esperan  y una recompensa que se pueda recibir por satisfacer un número de criterios de estos comportamientos. Las recompensas pueden ser premios que se dan de manera natural, como más tiempo en la computadora, ser el ayudante del maestro por una tarde, o mirar un programa favorito de televisión en casa. Los comportamientos meta deben ser comportamientos positivos (la lista de “Hacer” en vez de “No hacer”). Deben comunicar las expectativas del niño o niña. Entonces, si un niño argumenta, el comportamiento meta puede ser discutir las cosas calmadamente.
  • Mandatos efectivos. Use instrucciones y mandatos efectivos con el niño o niña. Los mandatos deben ser concisos, directos, declarados positivamente y dados uno a la vez. Evite los mandatos que parecen preguntas (“¿Te gustaría ayudarme a limpiar este desorden ahora?”) porque le dan al niño la oportunidad de decir: “No”. Evite los mandatos que incluyan “Vamos a”, a menos que usted en realidad esté planificando ayudar a su niño con la tarea. Evite los mandatos vagos, los que tienen múltiples mandatos encadenados o que dan demasiadas explicaciones sobre por qué usted le está pidiendo al niño que haga la tarea.
  • Reglas del hogar. Establezca reglas en el hogar o en el salón de clases que el niño o niña tenga siempre que seguir. Estas reglas pueden enfocar el comportamiento agresivo en disminución. Si un niño rompe una regla, entonces él o ella reciben una consecuencia inmediata (no una advertencia).
  • Consecuencias negativas. Cuando el niño o niña no siga instrucciones u otras expectativas establecidas, cuando rompa reglas, o participe del comportamiento agresivo, provea consecuencias negativas inmediatas. Éstas pueden incluir pasar tiempo solo, hacer tareas extras o perder un privilegio.
  • Comunicación. Aumente la comunicación y cohesión continua entre usted y su niño o niña. Entonces habrá más posibilidades de que el niño acuda a usted cuando surjan problemas.
  • Resolver problemas. Dé ejemplos efectivos para la resolución de problemas: identificación del problema, generación de posibles respuestas múltiples, tanto positiva como negativa; evaluación de respuestas alternativas  y planificación de la implementación de la respuesta. Ayude al niño a ver la resolución del problema en acción y use oportunidades para ayudarlo a aplicar estos principios a sus propios problemas.
  • Relajación. Enseñe a su niño o niña técnicas rápidas pero efectivas de relajación  que pueda usar para calmarse cuando se enoje mucho.
  • Afirmaciones para lidiar con la ira. Ayude al niño o niña a desarrollar una lista de afirmaciones para lidiar con la ira. Practique estas afirmaciones con el niño por adelantado, para que él o ella esté más preparado para usarlas cuando esté en situaciones sociales de provocación.
  • Entender otros puntos de vista. Ayude al niño o niña a entender los puntos de vista de otras personas, incluyendo lo que puedan estar pensando y sintiendo. De nuevo, practique entender otros puntos de vista por adelantado durante situaciones no provocadoras, de manera que el niño esté mejor preparado para hacerlo cuando sea provocado.
  • Negociar. Enseñe al niño o niña destrezas para negociar sus necesidades con compañeros, padres y maestros, de manera que el niño tenga menos posibilidades de usar la agresión o el desafío como medio de obtener lo que desea.
  • Evaluación. Cuando un maestro o padre esté muy preocupado sobre un comportamiento continuo poco apropiado, se debe concertar una evaluación completa hecha por un profesional calificado de salud mental para determinar si se necesita un tratamiento más intensivo, como por ejemplo una terapia.
  • Se recomienda consultar a un especialista para que elabore el diagnóstico del niño, ya que la agresividad puede tener su origen en otros problemas, como el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, que requiere apoyo de un psiquiatra infantil, o puede tratarse de una depresión enmascarada, que se manifiesta con groserías, violencia y malestar físico. En ambos casos se requiere de un abordaje diferente.

lunes, 18 de mayo de 2015

Llevar a mi Hijo al Psicólogo

Es común para muchos pensar en la infancia como "la etapa más feliz de la vida" en efecto, se crean los primeros vínculos afectivos y se conocen las maravillas del mundo con asombro y fascinación, pero este proceso puede enfrentar dificultades que alteran la conducta de un niño, generando una relación conflictiva con su entorno, aislamiento y situaciones angustiantes que merman su capacidad creativa y de convivencia.
A veces los niños, como los adultos, pueden encontrar ayuda en la terapia. La terapia puede ser útil para que los niños desarrollen habilidades para resolver problemas y también para enseñarles el valor de buscar ayuda. Los terapeutas pueden ayudar a los niños y a las familias a manejar el estrés y temas diversos relacionados con las emociones y el comportamiento.

Muchos niños necesitan ayuda para manejar el estrés en la escuela, por ejemplo, por los deberes, los exámenes, el acoso escolar y la presión de los compañeros. Otros necesitan ayuda para poder hablar de sus sentimientos respecto a temas relacionados con la familia, sobre todo en el caso de transiciones importantes, como puede ser un divorcio, un traslado o una enfermedad seria.

¿Debería mi hijo ver a un terapeuta?

Ciertos acontecimientos serios como la muerte de un miembro de la familia, un amigo o una mascota;un divorcio o un traslado, abusos, trauma o una enfermedad importante en la familia pueden causar un estrés que podría dar lugar a problemas de comportamiento, estado de ánimo, sueño, hambre, rendimiento en la escuela o problemas de interacción social.

En algunos casos, no es tan claro lo que puede estar causando que un niño de repente se muestre retraído, preocupado, estresado, malhumorado o triste. Pero si usted siente que su hijo podría tener un problema emocional o de comportamiento o que necesita ayuda para enfrentar un acontecimiento difícil de la vida, confíe en su instinto.

La psicología infantil nos dice que siempre que observemos cualquier cambio notable en la conducta del menor, por exceso o por defecto, deberíamos de ponernos alerta. Como posibles ejemplos de situaciones a las que prestar atención tenemos:

Cambios en los patrones de alimentación. Come más o menos que antes o lo hace de forma diferente.
Cambios en los patrones de sueño. Presencia de alteraciones como insomnio, pesadillas, se duerme “por las esquinas”, se orina en la cama, etc.
Cambios en el rendimiento escolar. No es capaz de prestar atención, no hace sus tareas, su rendimiento ha bajado notablemente
Cambios en su estado de ánimo. Parece más triste, apagado, sin energía.
Cambios en su nivel de actividad. Es más elevado o menos que el de sus compañeros, ha habido una notable disminución o aumento en los últimos meses, parece más nervioso.
Alteraciones en el juego. Juega siempre solo, no participa en juegos sociales, se aísla, juega siempre a juegos violentos.
Alteración en la conducta. No acata normas, tiene conductas extrañas (diferentes a las de sus compañeros o hermanos), tiene conductas repetitivas.
Alteraciones en las relaciones sociales. Ha dejado de relacionarse o siempre ha tenido problemas con sus compañeros, no llama a nadie o no le llaman para salir, no es capaz de hacer nuevos amigos, evita situaciones sociales o presenta claros síntomas de ansiedad en dichas situaciones.

Las señales que pueden indicar que su hijo podría beneficiarse de la ayuda de un psicólogo clinico, incluyen:
  • Un retraso en el desarrollo del habla, el lenguaje o en el control de los esfínteres para dejar lo pañales
  • Problemas de aprendizaje o de atención (como el TDAH)
  • Problemas de comportamiento (como ira excesiva, mal comportamiento, hacerse pipí en a cama o trastornos de la alimentación)
  • Empezar a sacar malas notas en la escuela, sobre todo si solía sacar buenas notas
  • Episodios de tristeza, llanto o depresión
  • Retraimiento social o aislamiento
  • Ser víctima del acoso escolar o acosar a otros niños
  • Menor interés por actividades que previamente disfrutaba
  • Comportamiento excesivamente agresivo (como morder, dar patadas o pegar)
  • Cambios repentinos en el apetito (especialmente en los adolescentes)
  • Insomnio o excesiva somnolencia
  • Ausentismo o faltas de puntualidad de manera reiterada en la escuela
  • Cambios en el estado de ánimo (p. ej., estar feliz ahora y al minuto siguiente sentirse desgraciado)
  • Desarrollo de síntomas físicos (como dolor de cabeza, de estómago o malestar) a pesar de que el reconocimiento físico realizado por el médico no haya revelado nada anormal
  • Tener una enfermedad grave, aguda o crónica
  • Signos que delaten el consumo de alcohol, drogas u otras sustancias (como disolventes inhalables o fármacos)
  • Problemas en las transiciones (después de una separación, divorcio o traslado)
  • Temas relacionados con duelos
  • Evaluaciones para la custodia
  • Abuso sexual, físico o emocional u otros acontecimientos traumáticos
“decir que llevar al niño al psicólogo no significa que haya un problema de salud mental detrás. En la mayoría de los casos los padres necesitan más una orientación sobre qué pautas llevar a cabo con sus hijos, y éstos un entrenamiento en ciertas habilidades de afrontamiento, ayudando así al correcto desarrollo del menor”.

Encontrar al Terapeuta Adecuado

¿Cómo encontrar un profesional en salud mental que tenga experiencia en trabajar con niños y adolescentes? Aunque la experiencia y la formación son importantes, también lo es encontrar a un terapeuta con el que su hijo se sienta cómodo hablando. Busque uno que no sólo tenga la experiencia adecuada, sino también que pueda ayudar a su hijo en las circunstancias actuales.

Su pediatra puede ser una buena opción para que le oriente en esto. Muchos pediatras, por su trabajo, están en contacto con especialistas en salud mental, como los psicólogos o trabajadores sociales clínicos. Los amigos, compañeros de trabajo o familiares también podrían recomendarle alguien.

Cuando busque un terapeuta adecuado para su hijo, debería tener en cuenta diversos factores. Un buen primer paso es preguntar si el terapeuta está dispuesto a darle una cita para una breve consulta o a entrevistarse con usted por teléfono antes de comprometerse a llevar a su hijo para las visitas regulares. No todos los terapeutas tienen la posibilidad de hacer esto, debido a sus apretadas agendas. La mayoría de los terapeutas cobran este tipo de servicio, otros lo consideran un servicio gratuito.

En lo referente al terapeuta de su hijo:

Le propongo una serie de sugerencias que pensé le podrán ayudar a la hora de elegir un buen profesional.

Acuda en la medida de sus posibilidades a un psicólogo privado. Aunque tanto los privados como los públicos dispongamos de la misma formación, la avalancha a la que se ven expuestos los segundos (y prueba de ello son las listas de espera), hacen que pudiera ser que uno público no prestase con detenimiento y minuciosidad la atención necesaria que su hijo (y cualquier otra persona) merece, habiendo casos que por estar comprimidos en historias clínicas o por la complejidad del problema, opten por derivarlos directamente al psiquiatra. Le aseguramos que si elige el adecuado no se arrepentirá jamás y nunca pensará que ha “tirado el dinero”.

Desconfíe del terapeuta que no haga una evaluación exhaustiva del problema. La importancia de tener un buen análisis funcional del problema de conducta de su hijo es crucial, si no, el psicólogo irá a buen seguro “dando palos de ciego”. Tras lo cual le indicará cuál es la intervención que deberá realizar sobre su hijo.

Mal asunto si se centra en aspectos pasados demasiado tiempo y no en el presente. No es tanto lo fundamental el qué fue lo que provocó el trastorno de su hijo, sino cómo se mantiene actualmente y, desde luego, como se podría extinguir. El pasado sólo nos puede ayudar para arrojar algo de luz sobre el presente, pero no para modificarlo.

¿Le ha dicho en alguna ocasión que usted “no” es parte implicada en el tema y que sólo debe entrevistarse con el niño? Si es así, le recomiendo que se vaya de la consulta cuanto antes (y si puede, sin pagar). Aunque sea probable y verdad que en las sesiones deba entrevistarse a solas con el niño, tendrá que hablar usted con el profesional no en una, sino en varias o bastantes ocasiones. Los problemas del niño o adolescente se mantienen en parte por comportamientos erróneos de los padres, que refuerzan inadecuadamente o castigan del mismo modo por ejemplo, y que su profesional le informará y ayudará a cambiar. En su defensa  es que nadie nace sabiendo educar y (el niño no nace con un manual de instrucciones evidentemente).

Factores a Tener en Cuenta

Considere los siguientes factores para elegir un posible terapeuta:
  • ¿Tiene el terapeuta la titulación adecuada para ejercer en su estado? (Podría comprobarlo en la junta estatal de acreditación para ese tipo de profesionales o fijarse si en su consulta tiene expuesto algún titulo.) ¿Está cubiertos los servicios del terapeuta en las prestaciones de salud mental de su seguro médico? En caso de que lo estén, ¿cuántas sesiones cubre su plan? ¿Qué porcentaje debe pagar usted?
  • ¿Cuál es su titulación?
  • ¿Qué tipo de experiencia tiene el terapeuta?
  • ¿Durante cuánto tiempo ha trabajado el terapeuta con niños y adolescentes?
  • ¿Le cae bien el terapeuta a su hijo?
  • ¿Cuál es su política de cancelación de sesiones en el caso de que le sea imposible asistir a una cita?
  • ¿Es posible llamar al terapeuta por teléfono si se presenta una emergencia?
  • ¿Quién podrá atender a su hijo durante las vacaciones del terapeuta, si está enfermo o fuera de las horas de consulta?
  • ¿En qué tipo de terapia está especializado el terapeuta?
  • ¿Está el terapeuta dispuesto a encontrarse con usted además de trabajar con su hijo?
La buena conexión entre el terapeuta y el cliente es esencial, por lo que puede ser necesario que se entreviste con varios antes de encontrar alguien que encaje tanto con usted como con su hijo.

Como con otros profesionales de la salud, los terapeutas pueden tener distintas formaciones y titulaciones. Como norma general, el terapeuta de su hijo debería tener un título profesional en el campo de la salud mental (psicólogo, trabajador social o psiquiatra) y estar autorizado para trabajar en su estado. Los psicólogos, trabajadores sociales y psiquiatras pueden diagnosticar y tratar trastornos de salud mental. Conviene saber lo que significan las descripciones en la propaganda o promoción que pueden acompañar al nombre del terapeuta.

Prepararse para la Primera Visita
  • Es posible que a usted le preocupe que su hijo pueda sentirse mal cuando le diga que va a ir a ver a un terapeuta. Aunque a veces esto es verdad, es esencial que le hable con honestidad de la sesión y de la razón por las que su hijo (o la familia) va a ir al terapeuta. Este tema va a surgir en la sesión, pero es importante que prepare a su hijo para ello.
  • Explique a sus hijos pequeños que este tipo de visitas al médico no implican exámenes físicos ni inyecciones. Quizá también quiera destacar que este tipo de médicos hablan y juegan con los niños y las familias para ayudarles a resolver problemas y a sentirse mejor. Los niños pueden tranquilizarse si saben que el terapeuta va a ayudar a los padres y a otros miembros de la familia también.
  • A los niños mayores y a los adolescentes les tranquilizará saber que todo lo que expliquen al terapeuta será confidencial y no podrá explicarse a nadie, incluidos los padres u otros médicos, sin su permiso; la excepción a esto es si explican que tienen ideas relacionadas con el suicidio o con hacerse daño a ellos mismos o a otros.
  • Dar a los niños este tipo de información antes de la primera visita puede ayudar a marcar un buen precedente, evitar que su hijo se sienta puesto en evidencia o aislado y tranquilizarle respecto a que toda la familia va a trabajar sobre el problema.
Cuando se Necesita más Apoyo
  • Aunque su hijo sea capaz de manejar los aspectos emocionales, muéstrele su disposición a escucharlo y quererlo, y ofrézcale su apoyo sin juzgarlo. La paciencia es esencial también, pues muchos niños son incapaces de verbalizar sus temores y emociones.
  • Intente reservar un espacio de tiempo para hablar con su hijo de lo que le preocupa y le inquieta. Para evitar las distracciones, apague el televisor y active el contestador en el teléfono. Esto hará que su hijo sepa que ahora él es su principal prioridad.
Otras maneras para comunicarse abiertamente y para la resolución de problemas incluyen:
  • Hable con su hijo honestamente y tan frecuentemente como pueda.
  • Muestre amor y afecto a su hijo, especialmente en los momentos difíciles.
  • Sea un buen ejemplo para él atendiendo a sus necesidades físicas y emocionales.
  • Solicite el apoyo de su pareja, familiares inmediatos, el pediatra de su hijo y sus profesores.
  • Mejore la comunicación en su hogar convocando reuniones familiares frecuentes que terminen con alguna actividad divertida (p. ej., jugar a algo o hacer helados).
  • Por muy difícil que sea, establezca límites respecto a los comportamientos inapropiados. Pida al terapeuta que le sugiera algunas estrategias para animar a su hijo a cooperar.
  • Mantenga una comunicación frecuente con el terapeuta.
  • Tenga una actitud abierta hacia cualquier punto de vista de su hijo o del terapeuta.
  • Respete la relación entre su hijo y el terapeuta. Si siente esto como una amenaza, coméntelo con el terapeuta (no es nada por lo que deba avergonzarse).
  • Disfrute de sus actividades o aficiones favoritas con su hijo.
Conclusión

Reconociendo los problemas y buscando ayuda lo antes posible puede ayudar a su hijo y a toda su familia a atravesar los momentos difíciles, para que más adelante puedan disfrutar de otros momentos de mayor felicidad y bienestar.

Dar importancia a la detección y al tratamiento de problemas de salud mental en la infancia es muy necesario porque previene dificultades en el futuro no sólo en lo individual sino en lo familiar, debido a que "lo que le ocurre al niño es un reflejo de su condición de vida" y, ante todo, considerar que en la salud mental siempre es mejor prevenir que lamentar. 

lunes, 11 de mayo de 2015

¿Como va a ser tu día hoy?

Transcribo el poema como ilustración de cómo va a ser mi día hoy…
Esta mañana desperté emocionado con todas las cosas que tengo que hacer
antes que el reloj sonara.
Tengo responsabilidades que cumplir hoy. Soy importante.
Mi trabajo es escoger qué clase de día voy a tener.
Hoy puedo quejarme porque el día esta lluvioso o puedo dar gracias porque las plantas están siendo regadas.
Hoy me puedo sentir triste porque no tengo más dinero o puedo estar contento que mis finanzas me empujan a planear mis compras con inteligencia.
Hoy puedo quejarme de mi salud o puedo regocijarme de que estoy vivo.
Hoy puedo lamentarme de todo lo que mis padres no me dieron mientras estaba creciendo o puedo sentirme agradecido de que me permitieran haber nacido.
Hoy puedo llorar porque las rosas tienen espinas o puedo celebrar que las espinas tienen rosas.
Hoy puedo auto compadecerme por no tener muchos amigos o puedo emocionarme y embarcarme en la aventura de descubrir nuevas relaciones.
Hoy puedo quejarme porque tengo que ir a trabajar o puedo gritar de alegría porque tengo un trabajo.
Hoy puedo quejarme porque tengo que ir a la escuela o puedo abrir mi mente enérgicamente y llenarla con nuevos y ricos conocimientos.
Hoy puedo murmurar amargamente porque tengo que hacer las labores del hogar o puedo sentirme honrado porque tengo un techo para mi mente y cuerpo.
Hoy el día se presenta ante mi esperando a que yo le de forma y aquí estoy, soy el escultor.
Lo que suceda hoy depende de mí, yo debo escoger qué tipo de día voy a tener. 
Que tengas un gran día… a menos que tengas otros planes.

                                                                                                             Mario Benedetti 

jueves, 7 de mayo de 2015

La Psicología del Secuestro

Crece este modo delictual en nuestro país y aumenta el miedo. La paranoia se multiplica de la mano de los medios masivos. Cambia el mapa social y deja secuelas psicológicas importantes. Se re-definen las relaciones interpersonales alejando al ser humano de su condición como sujeto social.
Este tipo de delitos se extiende a toda la sociedad. Y los daños no son sólo materiales. Importantes estudios dan cuenta de las graves secuelas psicológicas que padecerá el secuestrado, su familia y en última instancia la sociedad toda.

Una sociedad que, a consecuencia de la multiplicación de este delito y el constante bombardeo mediático que sensibiliza a la opinión pública, altera su cotidianidad, reduce sus relaciones diarias y termina por empujar a sus componentes a la individualidad y no relación. Es decir, conmina al ser humano a distanciarse de su condición intrínseca como sujeto social. En los casos de secuestro la negación como defensa psicológica parece estar activada por la angustia, la ansiedad y la impotencia generada por la probabilidad de perder la vida la libertad y los bienes.

La amenaza de secuestro es un componente previo importante que determina la manera como se desarrolla un secuestro posteriormente, tanto para el cautivo como para la familia de éste. Se desarrolla una dinámica psicológica individual y familiar algo diferente, que vale la pena tener en cuenta; entre otras razones, porque el ex-secuestrado después de recuperar la libertad o presenta siempre con mayor o menor intensidad el temor a ser secuestrado nuevamente, temor que guarda una gran similitud con la simple amenaza. Frente a un proceso prolongado de temor y ansiedad, como es el caso de la amenaza de secuestro, las personas tienen múltiples y variadas formas de reacción psicológica. Estas dependen, básicamente de la circunstancia social y Económica que les son propias y de los rasgos de personalidad previos que fueron configurados a través del tiempo. Los amenazados de secuestro sufren la violencia de una agresión permanente que se basa en la posibilidad de ser raptados en cualquier momento de su medio natural y de perder su familia, sus amigos, su trabajo. Para la familia esa agresión se da porque puede ser mutilada temporal o definitivamente por la sustracción de uno de sus miembros.

"En el secuestro hay maltrato psicológico en la medida en que el secuestrado es privado arbitrariamente de su libertad, colocado en una situación límite de proximidad real con la muerte y sometido a la condiciones degradante de ser convertido en objeto de negociación pecuniaria, con todas las secuelas negativas que ellos tienen para su autoestima".

La negación, el aislamiento y la involución social, como mecanismo de protección ante este tipo de amenaza suelen ser las respuestas inmediatas en la gran mayoría de los casos. Por ello las posibles víctimas abandonan ciertas actividades sociales y se alejan de los lugares que frecuentaban habitualmente. Estas reacciones varían dependiendo de la intensidad con que se presenten y de las características que adopten en cada caso en particular y que no necesariamente implican que otros tipos de reacciones, como contra atacar avisando a las autoridades, no se presenten también. La paralización, aislamiento e involución son reacciones adaptativas a la amenaza vital que representa un secuestro. Pero implica una adaptación autodestructiva en el sentido existencial, ya que las personas dejan de desarrollarse de acuerdo a su proyecto vital, se sacrifican en este sentido para poder sobrevivir físicamente. Reduce sus relaciones cotidianas al espacio mínimo para conjurar el peligro.

El secuestro está siempre presente: en los diálogos que el individuo mantiene con sus pares, en la comida familiar, las reuniones con amigos y toda aquella situación dialógica que se manifieste en torno a la realidad. En definitiva es algo instalado en la psiquis de la gente. El secuestro también forma parte de la agenda mediática y así el efecto multiplicador genera una paranoia que afecta a la sociedad en su conjunto.

El maltrato psicológico se expresa especialmente por medio de las reiteradas amenazas de muerte. El amedrentamiento, la manipulación de los estados emocionales de la víctima y la vigilancia permanente, aun para llevar a cabo las necesidades fisiológicas; también se da con desinformación sobre el desarrollo de las negociaciones y sobre el conocimiento que tienen de la vida familiar del secuestrado. El maltrato psicológico estimula el miedo, aumenta la aflicción y se transforma en un factor paralizador e inhibidor de respuestas físicas y psicológicas orientadas a la búsqueda de soluciones de huida, negociación, resistencia y más bien facilita y estimula respuestas de sumisión, como ser condescendiente con los captores e intentar ganarse la confianza con el objeto de obtener un mejor trato. A partir de allí, el secuestrado logra conjurar parcialmente el temor a morir y obtiene un mínimo control sobre sí mismo y sobre la situación a la que está sometido. Esto lo distancia de la situación de peligro de muerte.

El secuestro es quizás uno de los flagelos más terribles y desgarradores que pueda soportar un ser humano, el perder la sensación de autonomía puede acabar con la salud mental de una persona. En el cautiverio no se tiene poder de decisión ni de actuación, se está inerte a la espera de que el secuestrador al mando de las instrucciones. El ser humano se somete no sólo a estar privado de su libertad sin ninguna explicación sino a maltratos, vejámenes, humillaciones y al temor constante de ser sentenciado a morir.

"El secuestro es una enfermedad mental inducida" la mayoría de los secuestrados si no todos, presentan síntomas post traumáticos y ansiedad, depresión y ataques de pánico fruto de la imposibilidad de vincularse con su entorno y de tomar sus propias decisiones. Aún la mente más fuerte frente a una situación como el secuestro, se debilita y presenta síntomas de depresión, falta de sueño, pérdida del apetito, etc. E incluso puede llegar a tener ideas suicidas y desarrollar un cuadro psicótico, lo que comúnmente y erróneamente llamamos locura. La depresión mayor, alimentada por sentimientos de desesperanza y rabia llena de tristeza a los cautivos quienes pierden la sensación de tiempo y espacio y pueden confundir lo que pasa con lo que dicen.

Algunos de ellos en un arranque de valor se lanzan a la idea de escapar en busca de la libertad a sabiendas de que esto les puede ocasionar la muerte, pero para ellos la muerte es una opción que contemplan a diario, minuto a minuto mientras ven como el paso de los días y el flagelo des secuestro les está arrancando la vida a pedazos